Biblioteca Municipal Fernando Lázaro Carreter: la desconocida historia de una negativa

La Biblioteca Fernando Lázaro Carreter ha cumplido veinte años. Su construcción no solo fue pionera por el uso de nuevos elementos constructivos, también sentó las bases técnicas y estéticas para futuras actuaciones en el municipio. He hablado con sus autores, los arquitectos José María De Churtichaga y Cayetana De la Quadra-Salcedo, que me cuentan cómo se embarcaron en una obra que nació de una negativa y se convirtió en una genialidad fruto de la pasión y el atrevimiento.

Empezar

Vamos a salir, Kipling. Sí, lo sé, es una locura. Dónde vamos con la que está cayendo, pudiendo quedarnos en casa junto a la chimenea y ver el partido del Mundial. O leyendo en voz alta esas novelitas que tanto te gustan. De Morris West, de Thorton Wilder, de Leon Uris, de Robert Bolt. ¡Qué historias! Sé que mojarte no te agrada, pero créeme, este paseo merece la pena. Conoces el lugar, lo has visto mil veces. Solo por fuera, claro, porque nunca te han dejado entrar. No me mires así, Kipling, amigo mío, tienes edad para entender que no es cosa mía. Lo sé, lo sé. Negarte la entrada, ¡a ti, que has entrado hasta en el Parlamento británico! Ya sabes que soy de la opinión de acercar la cultura a los perros, pero no puedo cambiar las normas. De hacerlo, quizás lograríamos que un día hablases, o que escribieses, que todo es posible. ¡Qué mundos me descubrirías! Pero vamos, déjame ponerte la correa que se hace tarde y tenemos un aniversario que celebrar.

Veinte años ya. Parece que fue ayer, Kipling. Este edificio que ves ahí, austero y sencillo, esconde una historia singular, como de libro. No, no lo he leído, me lo han contado. Sí, sus protagonistas. Los dos. Un edificio así no puede ser obra de una sola mente. Veinte años, Kipling, veinte años. Estuve con ellos, sí. No pude llevarte, entiéndelo. Los arquitectos son gente seria. Los visité en su estudio de la calle Fernández de la Hoz, en las antiguas cocheras de un edificio del madrileño Luis Gutiérrez Soto —sí, el del art decó, el racionalista— al que se accede, primero, por una puerta de castillo, y luego, por otra de almena. Curioso, muy coqueto, muy de arquitectos.

Ella es Cayetana De la Quadra-Salcedo —sobrina de nuestro admirado Miguel, de quien tanto te he hablado—, y él es José María De Churtichaga. Son jóvenes —como yo, Kipling, no creas. Ellos del 67, yo del 68—, agradables y atentos. Y talentosos, sin duda. Será la cercanía generacional, pero me sentí bien. Entendieron sin explicaciones mi interés no ya en la historia del magnífico edificio que es la Biblioteca Municipal Fernando Lázaro Carreter, conocida y que puede leerse, sino en la intrahistoria, nada conocida y que hasta ahora solo podía escucharse. Porque la tiene, Kipling, la tiene.

Planes de inversión local

Te lo cuento como ellos me lo contaron a mí: de memoria. Ven, Kipling, vamos a los años finales de 1980 y principios de 1990, cuando la Comunidad de Madrid, casi una criatura recién nacida —lo hizo en 1983—, abrió una línea de créditos para la construcción de infraestructuras en pequeños municipios. Ya sabes: piscinas, ayuntamientos, paseos, bibliotecas…

Me dicen que se llamaba Programa Regional de Inversiones y Servicios de la Comunidad de Madrid (PRISMA), pero quizá no, porque las fechas no terminan de encajar. Y como antes del PRISMA se ejecutaron otros cinco tipos de planes diferentes, bien podría corresponder a los Planes Provinciales de Obras y Servicios (1985-1995), o al Plan trienal (1989-1991), o al cuatrienal (1992-1995). O no, vete tú a saber con la Administración.

El caso es que se creó una dirección general de Arquitectura con una serie de arquitectos que unas veces proyectan y otras organizan concursos. ¿Te aburro, Kipling? Pues escucha, hombre, que debes entender esto para comprender lo que viene después. Psss, atento, que ahora entra en escena el alcalde, Luis Partida, hombre con un especial interés porque hubiera aquí, en Villanueva de la Cañada, una arquitectura de cierta calidad, que para algo está casado con una arquitecto. Es él quien solicita la ayuda para construir un centro cultural. Ese centro que hoy conoces como La Despernada.

No me mires así, Kipling, carajo. Claro que voy a hablarte de la biblioteca, pero déjame antes hacerlo del Centro Cultural porque sus destinos van unidos. Te decía que el alcalde estaba empeñado en tener un buen edificio, no quería chapuzas, ya lo conoces. Por eso solicitó a la dirección general un arquitecto de prestigio. Se trataba del mayor equipamiento del municipio por aquel entonces y, como puedes entender, quería asentar sobre él las bases técnicas y estéticas para futuras construcciones.

El alcalde, Luis Partida, solicitó a la Dirección General de Bibliotecas un arquitecto de prestigio. Así llegó a Villanueva de la Cañada el catedrático y académico Juan Navarro Baldeweg

Así es como llega a Villanueva de la Cañada Juan Navarro Baldeweg, arquitecto, catedrático y académico de renombre, que andaba construyendo aquellos días el Museo Nacional de las Cuevas de Altamira, proyectaba la ampliación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y pronto se embarcaría en la construcción del Centro Nacional de Investigación, el Palacio de Congresos de Burgos y el Museo de la Evolución Humana. El de Arsuaga, sí.

Con Navarro Baldeweg venía también un joven y prometedor estudiante de arquitectura, José María De Churtichaga, alumno suyo en tercero de carrera que, después de mucho insistir, había conseguido entrar como aprendiz en el estudio del maestro.

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