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La historia de amor y oscuridad del padre Cristian González

A sus 35 años, el padre Cristian González tiene miedo a pocas cosas. La muerte no es una de ellas. Hace años le dedicó su tesina de seminario y más tarde, durante meses, se paseó cogida de su brazo en el penal de Tocorón, el más difícil y duro de Venezuela. Sin embargo, nunca antes la había sentido tan próxima como la noche de pesadilla en la que fue detenido por la Guardia Nacional Bolivariana en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar. Hoy, a salvo en España —ejerce como vicario en la parroquia San Carlos Borromeo de Villanueva de la Cañada (Madrid)—, recuerda aquel incidente no como la noche en la que creyó morir, sino como el día en que empezó a vivir.

Empezar

El día que el padre Cristian González miró de frente a la muerte no se asustó. Es cierto que su cuerpo reaccionó como reaccionan los cuerpos en situaciones extremas —anárquico, incontrolable— pero miedo, lo que se dice miedo, no sintió. La vida le había preparado a poquitos para este encuentro. Durante ocho largos meses había convivido con ella, allá en el estado de Aragua, en su Venezuela natal. En Tocorón, el penal más difícil y sanguinario de toda Venezuela, lo más parecido al infierno en la Tierra, un mundo aparte donde ejercía su labor de diácono. Ocho meses que dieron para ver de todo, desde la decapitación de un recluso al enfrentamiento entre bandas a disparos y cuchilladas. Por eso, el día que la muerte le susurró al oído su nombre, no se asustó. Al menos no como lo haríamos los demás. Es lo que tiene la muerte: una vez vista de cerca, se le pierde el respeto.

Con apenas 23 años, el padre Cristian González redactó una tesina de Seminario que hoy se lee como una premonición. Sobre la muerte. Pero no entendida como acto criminal sino sobre su sentido cristiano. Un tema que le apasiona y al que dedica su tiempo de estudio y reflexión. “Evitamos hablar de ella, pero la muerte, vista desde la Teología, es solo un paso, casi una fiesta. Los cristianos celebramos la muerte del Señor. No debemos rehuir hablar de ella. Es un medio de encuentro con Dios”, dice.

El 14 de noviembre de 2018, a las 17:00 horas, sin embargo, la muerte no llegó vestida de fiesta. Tampoco tenía nada de cristiano. Se le acercó en el aeropuerto internacional de Maiquetía Simón Bolívar, en Caracas, cuando se disponía a subir al vuelo de Air Europa UX071 con destino a España. Lo hizo como lo hace siempre: en silencio y por sorpresa. Lo hizo también con forma de mujer y ropa de militar y una pistola al cinto. Le habló sin respeto y con palabras gruesas. Le ofendió, le humilló, le vejó. Le exigió su teléfono, su documentación, su equipaje. Escarbó en lo peor de sus sentimientos buscando algo que no encontró. Finalmente, lo condujo hasta las dependencias aeroportuarias de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) e insistió. Esta vez con forma de hombre y grado de teniente. De nuevo le habló con palabras gruesas. Le ofendió. Le humilló. Le vejó. Le retiró sus pertenencias. Le encerró. Cinco horas interminables, largas como cinco vidas, que todavía no ha conseguido olvidar. Le tentó una vez más. Le preguntó por su fe, le aventó sus creencias, le afeó el contenido revolucionario de sus homilías. Le insultó. Una, dos, tres veces. No lo recuerda. Le despojó de sus vestimentas de cura. Le acusó de traficar con droga y de varias cosas más. Finalmente, hastiada, le hizo vestirse de cura otra vez y le esposó.

Así, engrilletado como un delincuente, franqueado por perros entrenados y agentes antidroga, el padre Cristian González recorrió los pasillos de suelos coloridos y luces verticales del aeropuerto internacional de Maiquetía Simón Bolívar, cruzó sus puertas y se adentró en la noche apagada, negra de profundidad, de la ciudad. Una furgoneta del GNB, más uniformados. La muerte sentada a su lado. La muerte conduciendo el vehículo. Insultándolo, vejándolo. Llevándole a un centro hospitalario donde le hacen radiografías del abdomen en busca de droga. Le obligan a firmar un documento donde solo alcanza a leer la palabra “detenido”.

Después, nada. No le encontraron nada porque nada había. Vuelta al aeropuerto. O eso creía entonces porque la muerte le tenía reservada una última sorpresa. La furgoneta que desvía su camino y se dirige a un puerto de Guaira, a una playa desierta. “Llegó el momento”, recuerda que pensó. Ahora sí. Por fin podría mirar a la muerte sin máscaras ni disfraces. Los uniformados que bajan del coche, que le escupen amenazas y se ríen de sus rezos.

El padre Cristian González recuerda el sudor frío recorriéndole la frente, el calor húmedo deslizándose por la pernera del pantalón, la mente galopando frenética. El recuerdo vivo del amigo muerto. La espera sin fin.

Los minutos que pasan. Angustiosos, interminables. ¿Uno, diez, veinte? El padre Cristian González no lo recuerda. Sí recuerda, sin embargo, el sudor frío recorriéndole la frente, el calor húmedo deslizándose por la pernera del pantalón, la mente galopando frenética, desbocada, incontrolable. Las risas sofocadas de los uniformados. El recuerdo vivo del amigo muerto, Fernando Albán —exconcejal, abogado, opositor y voluntario de Cáritas— arrojado desde un décimo piso. La espera sin fin.

Sin fin porque este no llegó. La muerte se contentó con hacerle sentir su gélida presencia, pero no se manifestó. Esa noche no.

Seis horas después de su detención, de regreso al aeropuerto, supo que había perdido el vuelo. A cambio, vio fortalecida su fe y su dignidad de sacerdote. Aún así, tuvo que esperar a que el comandante del puesto —ahora un coronel— le dejara marchar. “Entréguenle todas sus vainas a ese cura y que se vaya”, alcanzó a escuchar. Aquella noche, después de hablar con sus familiares, el padre Cristian González realizó una llamada de teléfono a monseñor Tulio Ramírez, obispo auxiliar de Caracas, quien se trasladó al aeropuerto, lo recogió personalmente y le dio alojamiento en la capital.

El domingo, 18 de noviembre, a las 22:15 horas, cuatro días después de su primer intento, el padre Cristian González subía otra vez a un vuelo de Air Europa y, esta vez sí, ponía rumbo a España, dando por acabada su vida en Venezuela. Atrás quedaba una infancia dura, una familia biológica y otra de acogida, un hermano y un amigo sepultados, una labor evangelizadora apenas emprendida y una más que probable muerte violenta. 


JULIÁN DUEÑAS

Licenciado en Periodismo y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid, Máster en Dirección de Comunicación y Publicidad por ESIC. Profesional con 30 años de experiencia, los últimos 15 de ellos como director de la revista GEO, puesto que simultaneó durante otros cinco años con la dirección de la revista gastronómica BEEF! La publicación fue galardonada con el Premio Nacional de Gastronomía bajo su dirección. Es miembro de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM).

3 Comments

  1. Yo conozco a Cristian no dudo de su persona y su sacedocio una gran persona y muy especial para mí.

  2. Pater eres un siervo del Amor del Señor, y ee Amor te ilumina a ti y a los qué te conocemos y queremos.
    Cuidate amigo.

  3. Buenos días, hace tempo que leí esta pequeña biografía del Padre Cristian y tenía que comentar algo sobre ella. En realidad sobre él. Para mi el Padre Cristian es una persona llena de bondad, que tiene a Dios siempre con él y luego es muy divertido y un gran amigo. Me ha ayudado en los peores momentos de mi vida y le estaré siempre muy agradecido. Es mi cura favorito

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